El Castillo de las Moscas

octubre 22, 2008

la vida de los muertos. capítulo 5

Filed under: La vida de los muertos, Relato por capítulos — J. Sanz @ 9:53 pm

“Cuando yo nací, en estas calles nadie podía pasear con la seguridad de llegar con vida a casa. Desde que soy jefe de policía de este distrito, el crimen ha descendido ostensiblemente, y la lucha de bandas y organizaciones mafiosas está controlada casi en su totalidad”.

James C. Robins era el tipo de persona que adoraba el sonido de su propia voz. No podía evitarlo, desde jóven había conseguido todo lo que se proponía, y su carrera estaba aun en el inicio. Muchos hablaban ya de la posible inclusión de Robins en las listas para la alcaldía. Algunos consideraban que la seguridad que había llevado a las calles bajo su mando debía ampliarse a toda la ciudad. Desde luego, el dinero invertido por algunos interesados magnates de la construcción en campañas publicitarias había surtido su efecto. Pero la personalidad y el carisma de Robins eran conocidos, y él solo podía conquistar a media ciudad solo levantando un dedo.

Foucault pertenecía a la otra media ciudad: a los que le odiaban. No soportaba la idea de que aquel niño rico con aires de grandeza llegara a mandar sobre toda la ciudad. Se le revolvían las tripas. Además, era un charlatán y un mentiroso, porque Foucault sabía de buena tinta que las calles del distrito 4, las de Robins, no eran seguras. Solo aparentaban serlo. Las bandas y las mafias mantenían a los delincuentes comunes, rateros de poca monta y camellos de tres al cuarto, bajo control. Los primeros interesados en que la paz dominara y la gente volviera a pasear sin miedo eran los propios delincuentes. Foucault recordaba cuando, hace años, los pocos habitantes del distrito 4 que salían a partir de media tarde, llevaban armas, y no se pensaban dos veces encañonar a un drogadicto que quisiera robarles.

La mafia quería que las calles volvieran a ser seguras para que los habitantes no creyeran necesario tomar excesivas precauciones. El resto, venía rodado: amenazas, extorsión, servicios de “protección”, y demás artimañas.

Foucault se desperezó en el sillón, alargó la mano y tomó el teléfono. Marcó mecánicamente.

¿Digame?

-Soy Foucault.

¿Alguna novedad?

-Si, he oido algo de un soplón de los muelles Este. Parece que hay gente interesada en que desaparezca.

¿Y eso a nosotros que nos importa?

-Es nuestro soplón.

Al otro lado se produjo un silencio acompañado de un suspiro de resignación.

-Me ocuparé de que no le pase nada, pero se rumorea que la policía está detrás de él, y no de manera oficial.

Hablare con Robins. Tiene influencias en el distrito de los Muelles. Le diré que se ocupe de encontrar a los que quieren ventilarse al soplón. Tú mantenle con vida.

La llamada se cortó sin despedidas. Foucault se levantó, cogió su arma de encima de la televisión, en la que Robins seguía chupando cámara, y la enfundó en su costado. Miró la pantalla, maldiciendo para sus adentros al niño rico de Robins. Demasiada influencia, demasiado poder… Apagó la televisión y se marchó. La noche sería dura. Si era verdad que eran polis los que querían cepillarse al imbecil del taxista, la cosa se ponía interesante. No quería encontrarse a viejos compañeros. Le odiaban demasiado, y Foucault les comprendían. Si eres honrado, no te quedas en la policía, buscas trabajo con los criminales.

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octubre 21, 2008

la vida de los muertos. capítulo 4

Filed under: La vida de los muertos, Relato por capítulos — J. Sanz @ 1:59 pm

Los muelles Este eran los más sucios y malolientes de toda la ciudad. A lo lejos, en las noches en que los vapores de las alcantarillas no estorbaban la luz de la luna, oculto entre la oscuridad del muelle F, en el que nunca funcionaban las farolas, Emmett observaba la silueta del puente Whitman, una estructura de acero y cemento, que emergía de la ría como una mano fantasmagórica, con las torres que soportaban los tirantes como dedos escuálidos apuntando al cielo.

Emmett no era un tipo soñador, no era un idealista, ni un romántico. No solía ver la belleza de las cosas. De hecho, se sentía incómodo junto a los que no vivían su vida de manera práctica.se sentía violento frente a los que le hablaban de ilusiones, de sueños y metas inalcanzables, de superación y ambición. Emmett solo quería sobrevivir, avanzar en el camino de su existencia sin demasiados obstáculos: comer cada día, tener un lugar donde dormir, y poder saciar sus instintos con alguna prostituta barriobajera. Su taxi le daba unos pequeños ingresos, y a cambio de alguna propina, contaba los chismorreos y rumores del lugar a un detective privado llamado Foucault, y a un tipo importante del centro, un empresario llamado Sandler. Se sentía bien con su trabajo. Al fin y al cabo, no necesitaba más: “dinero para sobrevivir y para putas”, decía siempre.

Para eso estaba Lydia. Era perfecta. Nunca hacía nada que Emmett no quisiera, nunca le incomodaba con preguntas estúpidas y jamás se había negado a ninguna de las extrañas fantasías del taxista. Es cierto que su físico había perdido bastante desde hace unos años, pero de la misma manera que Lydia adelgazaba y palidecía, también perdía interés en las propinas, y sus precios bajaban como su peso.

Aquella noche, Emmett Livingston, taxista desde hacía veinticuatro años, iba a disfrutar de su último encuentro con Lydia. Aunque él no lo sabía.

Tras observar con indiferencia el puente Whitman, tomó el coche y condujo durante unos minutos alejándose del muele. Tras aparcar en una callejuela pequeña, frente a dos contenedores rebosantes de basura desde hacía días, se acercó al portal del edificio donde vivía Lydia, y llamó al telefonillo.

¿Si? ¿Quién es?

-Soy Livingston.

¡Ah! Hola Emmett, sube.

Un sonido raspado surgió de la puerta, y el taxista empujó, abriéndose ante él el habitual desorden y suciedad de las casas de los muelles Este. Encendió la luz. El interruptor estaba pegajoso, cubierto de una capa marrón de mugre. Una bombilla colgada del techo parpadeó unos instantes de manera agitada, y explotó. “Mierda”, susurró Emmett. Se acercó a la pared, y avanzó a tientas hasta que sus pies chocaron contra el primer banzo de la escalera. Escuchó un repiqueteo incisivo frente a él. Seguramente cucarachas, cada día había más. Algún día, las cucarachas se comerían el barrio. Comenzó a subir con cuidado, hasta que el descansillo de la escalera apareció iluminado. Lydia había abierto la puerta de su apartamento, y eso ayudó a Emmett a saber dónde ponía el pie.

Al entrar, Lydia abrazó a Emmett y le dio un beso en la mejilla. Apreciaba a aquel viejo taxista. Era de las pocas personas que le trataba con respeto. Para Lydia, Livingston era de las pocas personas que merecían cariño, y que conseguían hacer aflorar de su alma algún resquicio de amistad.

-¿Qué tal estás, cielo?

-Cansado. Llevo todo el maldito día metido en el taxi –Dijo Emmett mientras se quitaba la raída chaqueta y la dejaba en un perchero medio roto que permanecía en un equilibrio casi ilusorio en la esquina de la sala-. ¿Y tú?

Lydia recordó al gordo con el que se despertó aquella mañana. Recordó vomitar, recordó mear sangre, y miró los inocentes ojos de Emmett.

-Como siempre, cielo. Nada extraño.

-¿Ha venido por aquí ese McDermont? –Emmett agarró el brazo derecho de Lydia y le atrajo hacia sí. Observó con atención los hematomas producto de los pinchazos. No parecían demasiado recientes.

-Hoy no. No me ha hecho falta nada.

El viejo taxista sabía que eso no significaba que hoy no se hubiera inyectado caballo, sino que lo había hecho sin necesidad de que se lo trajera aquel poli corrupto: seguramente tendría alguna papelina en casa.

-¿Qué quieres hacer hoy?

-En primer lugar, tumbarme en la cama y descansar.

-Aprovecha, cielo, las sábanas son nuevas. Me las trajo Lola, la vecina del segundo. Dice que son pequeñas para su cama.

Emmett se tumbó en la cama y disfrutó del inusitado placer de estrenar algo limpio en casa de Lydia. Ella se quitó la camiseta, quedándose en ropa interior, y se tumbó al lado de Livingston en la cama. Apoyó su cabeza en el hombro del taxista, cerró los ojos e imaginó que toda su vida fuera así. No le importaría pasar el resto de sus días con alguien como Emmett: sencillo, callado, respetuoso y, en ocasiones, más tierno de lo que él podría llegar a admitir jamás.

octubre 19, 2008

la vida de los muertos. capítulo 3

Filed under: La vida de los muertos, Relato por capítulos — J. Sanz @ 6:20 pm

Alan caminaba con la cabeza gacha, mirando las baldosas viejas y descoloridas de la calle cuarta. Se dirigía a uno de los bares más visitados por los policías de la ciudad: Duckie’s. El dueño actual no era ni la sombra del viejo Duckie, pero un cancer de pancreas se había llevado al otro barrio a ese maldito borracho, y ahora el local estaba más limpio, pero vacío de viejas historias de los buenos tiempos, cuando los policías y los delincuentes eran diferentes, los tiempos en que cuando moría un poli a manos de un matónd e poca monta, toda su comisaría hacía una redada y se cargaba a media banda. Ahora era diferente: los policías no podían permitirse tener principios en un mundo en que los criminales ni siquiera estaban organizados. Demasiadas mafias, demasiados jefes y demasiados drogatas paseando por las calles. Ya no era lo mismo, como decía el viejo Duckie.

El bar estaba en un sótano de un edificio sucio y agrietado. Un cartel luminoso sencillo y directo, con una flecha indicando la dirección de la entrada, era lo único reconocible del lugar. Alan bajó las escaleras, abrió la pesada puerta y entró. El humo del local era tan denso que se podría haber agarrado una porción con las manos. En la barra, varios polis fuera de servicio bebían tequila con unas prostitutas. En las primeras mesas, a la izquierda, el comandante retirado de la comisaría de Alan discutía con un joven inspector. McDermont saludó al comandante, que le devolvió el gesto con desiterés. Parece que estaba metiendo miedo a aquel pipiolo recién ascendido.

Al fondo del local, entre la humareda del tabaco, Alan reconoció al bueno de Johnny. Caminó hacia su mesa y le saludo, sin recibir más respuesta que una mirada de perdonavidas y una mueca de asco.

-¿Qué quieres, rata de alcantarilla?

-Yo también me alegro de verte, Johnny. Hace mucho tiempo, ¿qué tal tu mujer? ¿Y los niños?

-Vete a la mierda, capullo. Dame las fotos y dime qué quieres.

Desde luego, el humor no era el punto fuerte de Johnny, y la paciencia tampoco. McDermont sacó un sobre del bolsillo interior de la gabardina, mientras dejaba ésta sobre una silla libre a su lado. La camarera, una chiquilla de veintitantos, guapa y exuberante, se acercó a la mesa.

-Cerveza, preciosa -McDermont intentó palmearle el trasero, pero la chica ya estaba avezada en cuestión de cerdos y consiguió apartarse antes de que la mano de Alan llegara a tocarla.

-Dame el sobre ya, no tengo toda la noche.

-Tranquilo, puedes fiarte, está todo lo que pudiera inculparte-Dijo Alan mientras Johhny revisaba ansioso el contenido del sobre.

-No me fío, pero no me queda más remedio. Dijiste que querías un Carriger, ¿no?

-Así es. Se trata de un soplón que quiere cambiar de bando. Un taxista que me empieza a tocar las narices. Quiero que desaparezca, ya verás cómo, pero tiene que ser pronto. Como mucho en un par de días.

-Pides mucho. No sé si podría tan rápido.

-Oh, venga. Llevas haciendo este tipo de trabajitos para los italianos desde hace años. A mi no me puedes engañar, te sobra un día y medio -Alan encendió un cigarrillo sin ofrecerle a Johnny, no sabía si fumaba, y no le importaba-. Se llama Emmett Livingston, y trabaja todas las noches en la zona de los muelles Este. Es fácil de encontrar, no suele haber muchos taxistas a partir de las cuatro de la mañana.

-Esa es tu zona, ¿por qué no te ocupas directamente de ese tipo?

-Justamente porque es mi zona, y en ella se hacen las cosas como a mi me da la gana. Tú hazlo, y los dos en paz.

-Estaremos en paz cuando vaya a reirme a tu entierro -Johnny se levantó, cogió su abrigo, bebió un último sorbo de su copa y golpeó con el vaso sobre la mesa-. Ésta pagas tú. Espero no volver a verte.

octubre 10, 2008

la vida de los muertos. capítulo 2

Filed under: La vida de los muertos, Relato por capítulos — J. Sanz @ 1:48 pm

Los sueños de McDermont eran sencillos: dinero, cierto grado de poder, y unas cuantas mujeres a las que poder controlar a voluntad. Unos le llamaban cerdo, otros le llamaban bastardo, y nadie le tenía en tanta estima como para llamarle amigo.

Hasta aquel momento, McDermont había alcanzado la mayoría de los objetivos que se había propuesto. Tenía el dinero suficiente como para poder permitirse caprichos que ningún sargento en el cuerpo podría ni imaginar. Tenía poder, ya que controlaba buena parte de la droga que se movía desde las decomisaciones a los narcos hasta el mercado que los policías habían montado en los barrios bajos. Su territorio era el de los muelles del este de la ciudad. En cuanto a lo de las mujeres, siempre podría contar con los servicios de alguna andrajosa prostituta o de alguna yonqui desesperada.

Para mantener su posición privilegiada, conseguía información inculpatoria de aquellos que podían controlar su futuro. Tenía una importante red de soplones que le contaban los trapos sucios de toda la gente importante en la ciudad, desde el jefe de su comisaría, un pederasta con extrañas fantasías, hasta los grandes empresarios, siempre con sus vicios y su pasado lleno de sangre.

Pero el poder siempre es una cuestión de equilibrio. Existe un dominador y un dominado. Y McDermont había pasado a ser de los segundos desde hacía un par de meses. Un impertinente inspector recién ascendido ponía en peligro su predominancia entre los policías corruptos (de los legales no quedaba ninguno). Aquel maldito mamón de Fischer, malnacido niñato de los de reloj caro y camisas llamativas, aquel grano en el culo que trataba de controlar todo a su alrededor, y al que todos los imbéciles del departamento adoraban. Se parecía demasiado a la época de juventud de McDermont.

-Johnny, ¿cómo estás, viejo amigo?

¿Eres tú, Alan? Maldito hijo de perra, ¿cómo te atreves a llamarme amigo, capullo arrogante?

-¡Eh, eh! Tranquilo. No quería ofenderte. Lo pasado, pasado está, recuerda. El mundo no es un jardincito de esos con fuentes de niños meando, supéralo. Necesito un favor.

Al otro lado del teléfono se escuchó una sonora carcajada.

Esperaba el día en que oiría eso. Ahora podremos ajustar algunas de las cuentas pendientes. ¿Recuerdas aquel asunto con la zorra del Kinsley? Estoy seguro de que aun conservas esas fotos, y podría jurar que las tienes bien guardadas en tu casa.

-Si, Johnny, las tengo en casa. Lo sé, no habrá problema. Si consigues hacerme este favor, te las daré para que puedas hacer con ellas lo que te plazca. Por mí como si te las metes por el culo, cabrón proxeneta.

No te creas que puedes insultarme con eso. Para poder insultar tienes que tener la cuenta de pecados bien limpia, y tú a mí de chulo no me puedes acusar. Conozco todo tu lío con las putas de los muelles Este. Y te juro que cuando pueda probarlo, te agarraré tan fuerte de los huevos que desearás haber nacido mujer. Pero en fin, ¿qué mierda te tengo que limpiar?

-De eso tendremos que hablar cara a cara. Solo te digo que si fuiste una vez capaz de arreglar lo de Samuel Carriger, serás capaz de ayudarme en esta ocasión.

Entiendo. El martes en Duckie’s, a las ocho. Si te retrasas, me iré. Y por cierto: las fotos las quiero antes del trabajo, no después.

Johnny colgó. En su mano, McDermont tenía una copia del expediente del caso Carriger: “Caso cerrado. Conclusiones: suicidio”.

octubre 6, 2008

la vida de los muertos. capítulo 1

Filed under: La vida de los muertos, Relato por capítulos — J. Sanz @ 5:20 pm

Las sirenas de los coches de policía solían formar parte de la banda sonora del barrio de Lydia. El puerto de mercancías estaba algo alejado de donde ella tenía su casa, pero las trifulcas y las peleas entre marineros, normalmente a causa de alguna prostituta, se extendían varias manzanas más allá de los embarcaderos.

La casa de Lydia era un cuchitril maloliente. Solo tenía una habitación, que servía de salón, cocina y dormitorio, y un pequeño baño en el que apenas entraba una ducha, el retrete y un pequeño lavabo. El sofá se convertía en cama, y normalmente siempre era cama, porque su oficio requería de un mobiliario determinado. En sus largas jornadas de trabajo, la cama y el mueble-bar eran los elementos más usados. Ya ni siquiera obligaba a los clientes a pasar por el aseo a limpiarse antes de empezar. Las drogas habían minado su voluntad lo suficiente como para no importarle, pero no tanto como para no darse cuenta de que no le importaba. En los pocos momentos de lucidez, se odiaba a sí misma por haber acabado en la situación en la que estaba, y se prometía que haría algo, que acabaría con esa vida asquerosa, que dejaría las drogas y se marcharía a la otra punta del país, a empezar de nuevo. Pero entonces, aparecía McDermont, con otra dosis preparada. Aunque se resistiera al principio, él sabía que tarde o temprano el mono haría de Lydia un cachorrito pidiendo su comida, un bebé que solicita con un llanto quejumbroso que le den su biberón. Entonces, calentaba la heroína, buscaba una jeringuilla en algún rincón de la casa donde se acumulara algo de basura, y hacía de su prostituta un engendro sometido a su voluntad.

Aquella mañana, Lydia se despertó al lado de un gordo seboso que olía a sudor, pero con tal intensidad, que tuvo que ir a vomitar al baño. Creyó que podría retenerlo, pero la suciedad del retrete terminó de fraguar las nauseas en su cuello, y devolvió la frugal cena de la noche anterior, casi sin digerir.

Fue a lavarse la cara y enjuagarse la boca, pero el agua que salía del lavabo era marrón, y tenía un sabor tan terroso que creyó que más que asearse, se había ensuciado más. Decidió no ducharse. Prefería oler mal a tener que ducharse otra vez con aquella asquerosa agua. Cogió algo de papel higiénico y limpió el borde del asiento del retrete. Se bajó las bragas y se dispuso a orinar. El dolor al hacerlo fue insoportable. Cuando terminó, miró el resultado. Había sangre. Otra vez. Debía ser por la droga, o por alguna enfermedad. No se atrevía a ir a un médico, porque probablemente la obligaran a ir a un hospital, o llamaran a la policía, así que no sabía qué le ocurría. Solo sabía que meaba sangre, y que no había defecado desde hacía más de seis días. No importaba mucho, porque solía vomitar todas las mañanas, pero no era normal. Aunque claro, nada era normal en su vida.

Tiró de la cadena y observó como el remolino de agua marrón se llevaba su sangre mezclada con la orina. Sintió que su vida era como aquel remolino: cada vez que tiraba de la cadena, se alejaba una parte de su ser. Y, aunque ésta fuera una parte repugnante, lo que quedaba en pie era aun peor.

Salió del baño, y se quedó apoyada en el marco de la puerta, descansando por el esfuerzo de vomitar, recuperando el aliento. Observó al hombre tumbado en la cama. Probablemente fuera un marinero de algún carguero extranjero, que no tuvo suficiente dinero para pagar una prostituta más aseada. Estaba desnudo, y apenas tapado por una sábana. Era verano, y las noches eran calurosas. Además, con toda la grasa acumulada de aquel hombre, una foca hubiera tenido calor en el ártico. Su barriga estaba cubierta de vello. Era repugnante, grande y redonda, como la de una embarazada, y subía a un ritmo acompasado con los ronquidos que salían de su deformada boca. Tenía un corte desde lo alto del pómulo izquierdo hasta la base de la barbilla. No sabía como había sido, pero podía imaginarse que sería a causa de algún navajazo en alguna pelea. Mejor no preguntar. Ciertas personas se sentían algo violentas hablando de sus cicatrices, aunque había otros que las exhibían con orgullo. Además, si casualmente era de aquellos que gustaban oyéndose a sí mismos repitiendo sus aventuras, no quería aburrirse con la batallita de un marinero gordo y su cicatriz.

Respiró tranquila al ver una botella de ginebra vacía tirada en el suelo, no recordaba haber bebido demasiado, así que supuso que el marinero estaría lo suficientemente borracho como para no molestarla.

Se acercó a la cocina, cogió una taza, la menos sucia que encontró. Abrió el pequeño frigorífico, y sacó una botella de leche. Ni siquiera se molestó en ver si estaba en mal estado. Llenó la taza y la metió en el microondas.

Una bolsa de café instantáneo estaba tirada sobre la encimera. Tomó dos cucharadas y las vertió sobre la leche caliente. No había azúcar. No había nada.

Los ronquidos del gordo se hicieron algo más irregulares, y durante unos segundos, parecía que se ahogaba, con un ruido sordo, como el de una moto que no quería arrancar. Después, como un terremoto, un gran ronquido, y todo volvió a la normalidad.

Lydia, sentada sobre la encimera, con la taza caliente entre sus manos, comenzó a llorar.

julio 26, 2008

despojos de culpa. capítulo 5

Filed under: Despojos de culpa, Relato por capítulos — J. Sanz @ 10:53 am

Pasé escondido entre los contenedores de los alrededores del club varias noches, hasta que la noche de un sábado, vi a dos de los gorilas que guardaban la entrada escoltar a un alfeñique con dos maletines esposados a cada brazo. Era lo que suponía, la recaudación. Allí donde llevaran el dinero, me llevarían al jefe, y por fin, encontraría mi liberación.

Al sábado siguiente me escondí en los bajos del coche que llevaba al alfeñique, atándome con un cinturón. Era el mismo que había fallado cuando intenté ahorcarme, pero no tenía otro modo.

No falló esta vez, maldita ironía de la fortuna. Al llegar, observé que se detenía ante un alto edificio de oficinas. Un banco, pude ver. Puede que el hombre al que buscaba fuera banquero.

Con varios timos y algún robo en tiendas veinticuatro horas de los chinos, conseguí el dinero suficiente como para sobornar a uno de los limpiadores de las oficinas, y suplantarle una noche de sábado.

Seguí al alfeñique, y vi el despacho del empresario. No lo dudé, en cuanto se hubo marchado el hombre de los maletines, y escabulléndome sigilosamente tras los gorilas medio dormidos que escoltaban la entrada, entré en el despacho con el palo de una fregona en lo alto, amenazando al individuo que se sentaba tras una lujosa mesa de caoba.

-Mire, no me interesa usted, ni su negocio. Solo quiero saber algo que ocurrió hace siete años.

El hombre, un gordo seboso que sudaba como un cerdo, empapando la camisa levantó las manos, temblando como un cobarde.

-N… No me haga na… nada.

-Tranquilo, amigo, no le haré nada si responde mis preguntas sin mearse encima.

-D…De ac…acuerdo.

-¿Qué ocurrió hace siete años en el club del polígono industrial?

-N… No se de q… qué me habla.

-¡Jenna, maldito idiota! ¿Cómo murió Jenna?

-Unos d… dicen que se su… suicidó. O…Otros que la ma.. mataron.

Me ponía nervioso el tartamudeo de aquel tipejo, así que le dije que bebiera algo de agua, y que se calmase, pero no bajé ni un instante el palo de la fregona. Era todo lo que tenía. Él bebió un vaso lleno de whisky.

-No encontrarás a nadie que t… te hable de esto. No me gustó ese suceso, e hi… hice que desapareciera de la m… memoria de la gente. La chica murió con cicatrices por t… todo el cuerpo. Deprimida y atiborrada de pastillas de todo t… tipo.

-¿Y los que dicen que se suicido?

-Eran estos.

No quise ni imaginarme como sería la teoría de los que creen que la asesinaron. Pero aquel mamarracho cebado me lo contó con todo detalle.

Sin duda era la chica que había buscado. El sufrimiento que había padecido se acercaba al que yo estaba soportando. Pero aun tenía dudas.

-Su padre. Háblame de su padre.

-Era el dueño del local. Un maldito pederasta que usaba a su propia hija de ramera, y que no dudaba en secuestrar a las niñas bonitas del barrio para su harén.

-Imposible.

-¿Por qué?

-Me dijeron que se suicidó dos meses después de la muerte de su hija.

-Se equivocan. Lo hizo tan solo dos semanas después.

Lo poco que me quedaba de cordura se fue al traste con ese dato. Una de dos, o estaba equivocado, y existía otra chiquilla que había muerto de la misma manera, pero con un padre vivo torturándome hasta la saciedad, o el hombre que se aparecía ante mi era un muerto.

Ahora empezaban a encajar muchas de las piezas de aquel maldito rompecabezas. La perplejidad de mis amigos cuando aparecía aquel tipo hablándome. El que ningún vecino de mi edificio se hubiera despertado ni se hubiera quejado por el alboroto de muchas de aquellas noches, la imposibilidad de explicarlo al psicólogo, la ineficacia de la policía…

Las energías que me mantenían en pie las empleé en una soberbia carcajada, lo que hizo que me cayera al suelo de rodillas, mientras el gordo sudoroso seguía contándome cosas sobre aquella chica.

-Parece ser que se enamoró d… de uno de sus clientes, un empresario, un hombre de negocios, que iba muy de vez en cuando por allí. Al darse c… cuenta que aquel hombre no la hacía caso, se deprimió de tal forma que perdió su belleza, y, sin ser b… bella ni casta, una chiquilla no merece la pena en ese trabajo. Los que las buscan por una co… cosa, o por la otra, no pueden satisfacerse con alguna que no posea las dos c… cualidades. El padre despotricaba de aquel hombre de n… negocios, intentando eludir su culpa del aspecto de la niña. Yo creo que se s… suicidó, y las dos semanas de vida que le q… quedaron a su padre, no paró de jurar y perjurar que vengaría a su hija, aunque fuera desde la t… tumba.

Yo no paraba de reír. Aquel maldito hijo de Satanás que me había atormentado desde el más allá era un pederasta de mierda, un cerdo que probablemente había violado a montones de chiquillas, y que pretendía echarme en cara que no me enamorara de su niña del alma, y la hiciera caer en una depresión.

Fue suficiente para mí. Ahora podré morir tranquilo. Mañana, si la fortuna no me lo impide.

julio 19, 2008

despojos de culpa. capitulo 4

Filed under: Despojos de culpa, Relato por capítulos — J. Sanz @ 1:11 pm

Pues bien, ahora solo tenía que buscar a la mujer a la que había provocado tanto sufrimiento.

La tarea se presentaba ardua, puesto que estaba muerta. Lo primero que hice fue intentar arreglar mi aspecto para entrar en alguno de los antros a los que solía ir. Robé un traje y una bufanda en una tienda, una noche de disturbios en la que la violencia callejera, cada vez más usual, me otorgaba la coartada suficiente para salir indemne, de momento, del robo.

Traté de lavarme, pero yo solo m e veía mas sucio, asi que esperé a una noche de lluvia, subí a la azotea del edificio de apartamentos donde me alojaba, y caminé desnudo bajo la lluvia, frotando mi piel con las manos.

Después, me puse el traje y recorrí andando los dos o tres kilómetros que me separaban del primero de los locales que iba a visitar.

La Jaula era un sofisticado burdel en el que bellas mujeres asiáticas permanecían encerradas en jaulas que colgaban del techo. Los clientes, lo mas alto de la sociedad del momento, elegían a la carta la que iba a ser su compañera por una noche. Sabía que no iba a encontrar allí la mujer que buscaba, porque el hombre que me torturaba era un occidental, con rasgos marcados, de todo menos de oriente. Pero podría obtener alguna información. Además, era el más cercano de todas las visitas que pretendía hacer.

Uno de los gorilas de la entrada pareció reconocerme, a pesar de mi cambiado aspecto, y me dejó pasar. No me aflojé la corbata, ni me quité la bufanda, para evitar que se vieran las cicatrices de mis intentos frustrados de suicidio. Nadie pareció alarmarse por ello. En aquellos lugares la extravagancia y las rarezas eran el pan nuestro de cada día.

Pasé a la sala principal, donde una luz muy apagada, lo cual era de agradecer, mitigaba los rasgos de la gente que ensuciaba su reputación con gran placer. Banqueros, políticos, empresarios. La crem de la crem de la sociedad se juntaba en aquel tugurio, que, había que reconocer, cada día estaba más cuidado y mas limpio, pero que no podía arrancar de las paredes el hedor putrefacto de la hipocresía y el color del morbo.

Me acerqué a una de las camareras, y, tras un largo diálogo intrascendente sobre si me invitas a una copa, si no te invito, si por qué haces tantas preguntas, que pareces un poli, etc., hize la pregunta clave.

-¿Sabes de alguna de las chicas que, hace ya tiempo, puede que años, en este o en otro club acabara con una vida miserable, sufriendo cada aliento que respiraba y con una tendencia al suicidio que probablemente le llevara a morir así?

-Mira, cariño, de esas abundan en cualquiera de los clubes a los que vayas en esta mierda de ciudad. Solo tienes que mirarnos a nosotras, ¿crees que la sonrisa es por gusto, pedazo de imbécil?

No estaba acostumbrado a aquel trato por parte de una fulana, pero ya no me sorprendían las novedades desde hace mucho tiempo. Después de especificarla todo lo que pude, de decirla que podría recordar un caso así si lo hubiera vivido, me dijo que fuera a otro de los clubes, al final de los muelles, llamado The Hidden Flower, donde una de las camareras veteranas seguro que recordaría algo así.

Fui allí, de nuevo caminando, sin dinero para un taxi. Sobre medianoche llegué a aquel club, menos elitista, algo más sucio, y con menos gente. No tuve problemas para convencer a la camarera más veterana de que me prestara atención. Parece que le gustaban los “cachorrilos desvalidos”, o al menos eso es lo que me dijo. Me sorprendió que no me pidiera nada de dinero por la información que me dio.

-En un club de la otra orilla, entre los almacenes abandonados del antiguo polígono industrial, una de las camareras murió de una manera grotesca y muy extraña. Fue hace seis o siete años, creo. Era una preciosidad de niña. Creo que era una niña de verdad, no más de diecisiete o dieciocho años. Escapaba de su madre, que debía ser una borracha que la maltrataba, creo.+

-Su nombre.

-No lo recuerdo, pero creo que todos la llamaban Jenna.

Eso me servía de momento. Me marché, mientras aquella camarera de unos cuarenta y tantos me lanzaba besos cariñosos, y me decía que volviera si necesitaba una copa o algo. Las dos siguientes noches las pasé en el club que me dijo aquella mujer, buscando y preguntando, sin obtener demasiadas respuestas.

El negocio cambió de dueño. Hace siete años, me contaron. El jefe se deprimió ante la muerte de una de sus chicas, que debió ser horrible y dolorosa. Pasó dos meses medio drogado y sin responder a nada, el negocio se hundió. Y él se suicidó. Nadie sabe por qué afectó tanto a aquel hombre la muerte de Jenna, pero lo cierto es que murió entre botellas de ginebra y jeringuillas.

El nuevo dueño, me dijeron, debía saber más. Pero nunca aparecía por el local. Era un empresario del gremio que manejaba varios negocios. Locales ilegales de juego, clubes del estilo de aquel, y algún que otro negocio de extorsión.

 Cuando les pedí sus señas para encontrarle, se rieron en mi cara.

-Pobre yonky, ¿qué intentas? ¿Eres otro de esos que pretende tener algún secreto que le pueda incriminar y quieres chantajearle?

-Yo no tengo secretos, son los secretos los que me tienen a mi, y necesito conocerlos para poder liberarme.

Volví a mi rutina de alcohol y droga, robos y limosneo, con un par de visitas del loco de la perorata, hasta que al fin se me ocurrió otra idea.

julio 11, 2008

despojos de culpa. capitulo 3

Filed under: Despojos de culpa, Relato por capítulos — J. Sanz @ 9:28 am

No funcionó, por supuesto. No sirvió. Aquella maldición que me poseía me impedía morir, me impedía ejecutar el último de mis deseos como persona, antes de convertirme en el engendro que profetizaba el mensaje del individuo.

El asqueroso sabor y la suciedad del agua con la que tragué las pastillas me hizo vomitar, expulsando con ello los somníferos que me otorgaría la paz de la nada.

Me oprimía la imposibilidad de acabar con la tortuosa e insufrible existencia a la que me había visto avocado desde la aparición de aquel hombre. Aun así, ante la imposibilidad de finalizar mi paupérrima vida, soporté con aflicción y resignación los siguientes meses. En mi cuerpo aumentaba el número de cicatrices, como un diario macabro de todos los intentos desesperados de suicidio. Tenía varias cicatrices de cortes en ambas muñecas; también una que rodeaba mi cuello, obra de un cinturón de cuero viejo que quebró a los dos minutos de comenzar mi asfixia; cercana a esta última, la de un cordón de zapato que había anudado sujetando una bolsa de plástico que encerraba mi cabeza en ella, pero que se soltó en los últimos suspiros de mi ser; varios golpes poblaban mi torso y mi espalda, fruto de los intentos de atropello que fueron frustrados por mi mala suerte.

Comenzaba a pensar que era inmortal, y no era descabellado hacerlo, ya que había intentado matarme tantas veces que no podía contarlas.

Al fin, un día, comencé a intuir un final a aquella tétrica historia. Fue hace un par de meses, creo, cuando en mitad de un sueño, resonaron como de costumbre los golpes en mi puerta. Fui a abrir, resignado, sin esperar que se cansara de aporrear la puerta. Sabía que no lo haría. Escuche la habitual disertación del individuo en cuestión sobre la venganza, etc. Ya me importaba poco lo que dijera. Pero la última frase resonó esta vez con mayor precisión en mi mente. Había tenido que dejar de escuchar lo que decía aquel hombre, había tenido que olvidar mi orgullo, mi dignidad, y retrotraerme al inframundo de la soledad y la cercanía a la muerte desde la inmortalidad para poder observar esa frase con atención. Se trataba de algo que solía ocurrir: buscamos algo con ansía, nos concentramos en algo con todas nuestras fuerzas, deseamos encontrar una salida a un problema, y por más que nos fijamos, por más que le damos vueltas en nuestra cabeza no llega la solución. Es cuando no pretendemos extraerla, cuando nos hemos rendido ante la superioridad del problema, cuando ya no ansiamos obtener el conocimiento porque hemos sido engullidos por la resignación de nuestras limitaciones, es en ese momento cuando vemos el camino abierto, vemos la solución ante nosotros tan clara como el agua limpia de un riachuelo del deshielo. La última frase, el colofón del macabro discurso de aquel siniestro ser era la solución: “Tu la destrozaste, por dentro y por fuera, y yo haré lo mismo contigo”. Así era, tenía que buscar a la mujer a la que yo había hecho el mismo daño que aquel hombre me estaba haciendo a mí. No era fácil, pero era el primer paso para encontrar la salida a ese suplicio que se había convertido mi vida.

Así que recapacite y observé lo que era ahora eso que llamaba vida, mi rutina, mis actos, mis pensamientos, mis palabras, al menos las que conseguía emitir en la soledad de mi apartamento, del que apenas salía para buscar comida en algún contenedor o robarla en un supermercado.

Mi “hogar” era una pocilga infesta de cucarachas y alguna rata que otra. mi antigua apartamento, el lujoso, el de buena vida, lo había perdido embargado por no se que banco. Ahora malvivía en este cuchitril de los barrios bajos, entre la criminalidad y la droga, que no pocas veces pasaba por mi puerta, y a la que ya no hacía ascos en abrir la puerta.

Comía, como dije, lo que encontraba de los desechos de los demás, y, en las ocasiones propicias, lo que conseguía mendigar o robar.

El agua, marrón, asquerosa, me ensuciaba más que me lavaba, por lo que a veces pasaba días sin pasar por el agujero en el suelo del baño al que llamaba ducha.

El alcohol se mezclaba con las drogas y formaba de lo poco que quedaba de mi mente una masa informe de dolor y éxtasis temporal, que venía acompañado de largas sesiones de llanto. Lloraba, pero no sabía por qué. Supongo que intuía que era lo menos que podía hacer. Llorar.

No tenía futuro, y había olvidado casi por completo mi pasado. Creo que fui un hombre de éxito que disfruto de suerte en los negocios y amasó una pequeña fortuna. Creo que esa fortuna se escapó de mis manos en prostitutas y raros vicios, además de en el juego, con el que perdí más de lo que me podía permitir, y por culpa del cual enfadaba y me convertía en otro hombre.

Este era mi retrato, esta era mi vida. Pero había más. Mi alma.

El desperdicio, el estercolero y vertedero pútrido de sufrimiento en que se había convertido mi espíritu es indescriptible. Lloraba por la culpa de un hecho que no conocía. El remordimiento se aferraba en mi como la hiedra a las paredes. La muerte, única salida, era una satírica remembranza de lo que no podía obtener, un jactancioso juego al que acudía cuando creía que la desesperación me superaba, pero del que sabía que iba a salir indemne, vivo, perdedor.

Las palabras de aquel hombre alfombraban el camino de mi alma, pero, al llegar al final de su párrafo infernal volvían a empezar, al revés, girando, volteando mi caminar, desequilibrándome, creando monstruos en cada esquina, haciéndome caer, y levantándome contra mi voluntad.

junio 18, 2008

despojos de culpa. capítulo 2

Filed under: Despojos de culpa, Relato por capítulos — J. Sanz @ 7:51 pm

Acaba de aparecer por tercera vez esta semana.

Lo he intentado de nuevo, como las últimas seis o siete veces, ya no recuerdo si llevo bien la cuenta. He intentado hablar con él, incluso acercarme, aunque solo fuera un poco, pero, no sé como, cuando he tratado de sujetar su mano, se ha apartado rápidamente y ha huido pasillo atrás hasta desaparecer tras la puerta del ascensor. No se muy bien por qué no le he seguido. Mis piernas no han respondido, o mi mente no les ha enviado la orden, o ésta se ha perdido por el camino, en mi espalda, o se ha congelado por el frío que recorre mis venas en lugar de sangre.

El otro día me hice un corte en la muñeca derecha. Brotaba sangre, pero era poco, verlo me despertó de aquel letargo que me había apresado desde ya semanas atrás, y rápidamente corté la hemorragia y curé la herida lo bien que pude. Ahora tengo una cicatriz en mi cuerpo que a testimonio de que mi cabal mente ha desaparecido tras el velo de la desesperación. Ya no solo tengo cicatrices en la piel de mi alma, sino que ahora se reflejan en mi piel material, en lo que los demás observan de mí.

Bueno, digo los demás por decir algo. Los pocos amigos que tenía me han abandonado. No se lo echo en cara. Yo lo hubiera hecho así también. Trataron de llevarme a tratamiento. Incluso accedí a que me viera un psicólogo, o un psiquiatra, o… no sé, algo de psico… pero no resultó. No pude hablar con aquel hombre. Estaba sentado tras de mí, en un mullido sillón de cuero negro, mientras que yo miraba al vacío del techo tumbado en el diván en el centro de la sala. Me hacía preguntas, y yo no respondía. No sabía que decirle. Cuando quería hablar y contarle lo que me pasaba, cuando quería sincerarme con aquel hombre que trataba de ayudarme, veía a mi mente el sonido del mensaje de aquel loco. Escuchaba en mi cabeza las palabras y sus ecos. Llenaban, rebosaban la estancia. Chocaban en las pareces, chocaban en las estanterías, en la mesa, en el diván y en el cuerpo de aquel señor, y siempre volvían a mí, siempre regresaban a mis oídos. O quizás nunca salieron de mi cabeza, y los oía desde dentro, con la infundada esperanza de que el doctor, o lo que fuera, las oyera salir a través de mis tímpanos, escaparse de mi cabeza y mostrarse al resto del mundo como cuando aparecía el hombre a gritarme sus amenazas.

Pero no podía hablar con él, no podía emitir palabras allí, tumbado en el cómodo diván, intentando serenar mi alma. No conseguía retener el aire en mis pulmones lo suficiente como para que al salir pudiera sonar mi historia. La tenía escrita en mi mente, plasmada en un gran papel que cubría las pareces de la celda en la que se había convertido mi psique, en grandes letras negras, mayúsculas, ordenadas, preparadas para ser dichas, preparado todo para ser explicado, listo para que quien quisiera oírlas pudiera saciar su curiosidad por mi actitud.

Pero no sonaban. Movía los labios, pero no sonaban. La desesperación se acrecentaba, y el doctor se asustaba con mis gestos, con los que intentaba, en vano de nuevo, explicarle mímicamente lo que era incapaz, manifiesta y desesperadamente incapaz de expresar por palabras.

Salí de aquella habitación. Mis amigos me preguntaron “¿qué tal?”. No les respondí. Esta vez no quise, aunque sabía que podía. Sabía que podría físicamente haber emitido la sencilla frase “no muy bien”. pero no lo hice. Me rendía. Estaba cansado, agotado de tanta lucha. Me estaba venciendo. Aquel hombre con sus repetitivos mensajes sobre mi culpa, sobre el remordimiento, sobre la venganza y el odio, la tortura y el sacrificio, sobre verter en mi ser todo lo malo que guardaba en el suyo.

Era demasiado. No podía soportarlo más. Aquella noche, fui a casa, bebí un vaso del agua turbia que salía del grifo de la cocina, y tomé diez o doce pastillas para dormir. No podía más.

junio 11, 2008

despojos de culpa. capítulo 1

Filed under: Despojos de culpa, Relato por capítulos — J. Sanz @ 3:58 pm

La mente perversa de aquel hombre se había empeñado en amargar en los momentos menos inesperados mi existencia. Aparecía en la noche, aparecía en el día, en cualquier instante me seguía, escrutaba mis movimientos, me acosaba, perseguía mi ser en cada rincón del mundo, con la única obsesión de torturar lo más profundo de mi alma, con la pasión de un vengador, la vehemencia de aquel que sabe que solo en el juego de atormentar se puede conseguir una victoria que, aunque parcial, resulte satisfactoria.

Se presentaba en medio de la noche, llamando a la puerta de mi apartamento, golpeando incesantemente, sin que nadie más se alertara, sin que nadie advirtiera o quisiera detener su fijación, hasta que, hastiado, le abría la puerta, momento en el que soltaba su perorata de siempre: “Tú eres el culpable de la muerte de mi hija. Eres tan asesino como lo voy a ser yo cuando acabe con tu alma, cuando pisotee hasta el último resquicio de tu integridad y cordura y te reduzca a un miserable engendro bañado en el llanto de tu culpa, empapado en el remordimiento de tu pecado. Te sacrificaré como a un animal que he de engullir, y sobre lo que quede de ti, deformado, obsceno y desastrado, volcaré lo que quede de mis fuerzas en un odio eterno que sacudirá el recuerdo que de ti quede. Te convertiré a los ojos de los demás en lo que siempre has sido: un asesino, un maldito homicida que destrozó la vida de mi hija como si la de un mosquito se tratara. Ella era una criatura bella, era hermosa y delicada. Tu la destrozaste, por dentro y por fuera, y yo haré lo mismo contigo”.

No existía manera de evitar que aquel personaje, día y noche pegado a mi sombra, atacara cuando menos me lo esperaba.

La gente que me rodeaba, si el tormento del embiste de aquel siniestro hombre llegaba cuando estaba acompañado o en un lugar público, se giraba hacia mi al verme detenido en el vano de una escalera, o pasmado frente al marco de la puerta. Pero no parecían resaltar la locura y desesperación de aquel hombre cuando yo volvía a su lado, sino que me miraban inquisitivamente, me juzgaban a mí. Aquel turbador hombre estaba consiguiendo lo que se proponía. ¡Me juzgaban a mí, por todos los santos! ¡A mí, que no había hecho daño a nadie jamás en mi vida, me miraban como si fuera un loco enfermo, como si estuviera poseído por un diabólico espíritu psicópata!

Llevaba así cuatro meses, y poco a poco las agresiones de aquel individuo estaban minando mi paciencia y resquebrajando mi discreción, acabando con la sensatez que solía volcar en mis actos.

Escribo esto porque preveo que pronto seré incapaz de aferrar un lapicero en mi mano sin clavármelo en la yugular. Siento como la desesperación comienza a destruir mi mente, y como la angustia se apodera de lo que más he amado siempre: mi vida, mi existencia, mi ser.

Denuncié todo lo denunciable sobre aquel tipo a la policía, e incluso me hicieron caso, y me siguieron varios días para cercionarse de que el hombre me acosaba. Pero estuvo casi un mes sin aparecer, y la policía se rindió y me tomó por loco.

He llegado incluso a plantearme, investigar, escrutar en lo más profundo de mi biografía el hecho al que refiere aquel loco. He buscado como un sabueso cualquier pista que me descubra a qué fenómeno en mi pasada vida he dado tan poca importancia como para olvidar un daño tan profundo como el de quitar la vida a otra persona.

El personaje siempre me habla de su hija, así que supongo que debe ser alguna de las mujeres con las que he disfrutado de agradable compañía con la que tengo que relacionar estos siniestros hechos de los que se me acusa.

He intentado recordar los nombres de todas y cada una de las mujeres que he conocido en mi vida, e incluso he tratado de acudir a la policía para que me ayude a encontrarlas, o que me informe de si sufrieron algún crimen que les llevara a la muerte. De si alguna fue asesinada, o está desaparecida, o algo.

Pero en la mayoría de las ocasiones es en vano mi esfuerzo. Muchas de aquellas mujeres no poseían nombre, y si lo tenían, era un nombre artístico, inventado, un pseudónimo, un engaño para no reconocer que fuera de los harenes y casas del placer que solía frecuentar para estar con ellas, llevaban una vida normal y corriente, en la medida de lo posible.

Era difícil encontrar en los registros policiales alguna referencia a Loving Jessica, o a Lady Pleasure, o Lorna Bomb. Finalmente había desesperado, y tan sólo me quedaba esperar la nueva aparición de aquel ser terrorífico e intentar infructuosamente hablar con él.

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